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Por ALBERTO VIZCARRA OZUNA

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Las adversidades de la naturaleza no condenan a la sociedad, plantean retos a la inteligencia humana. Y eso es precisamente lo que escasea en este momento de crisis: inteligencia. Se hace más notable su ausencia en los candidatos que pretenden gobernar Sonora, quienes ante el grave problema de la creciente falta de agua que padece la entidad -al momento agudizada por la sequía- entran en el  síndrome de la negación y ello los lleva a ponerse muy lejos de las soluciones al plantear salidas desproporcionadas.

Mientras Alfonso Durazo gestiona decretos para incrementar caudales, Ricardo Bours plantea enfrentar la sequía con micro medición del agua que no existe. Al respecto, Ernesto, el Borrego Gándara, aunque no ha hecho un planteamiento explícito de cómo enfrentar la situación, ha tenido la prudencia de no apoyar abiertamente la operación ilegal del Acueducto Independencia, obra que no le aporta más agua a las necesidades de Sonora, por el contrario –al repartir la que no alcanza- empeora el cuadro de sequía que vive la entidad.

No hay medida administrativa que sea suficiente cuando se enfrenta el desafío de un problema estructural. De esa naturaleza es  la falta de agua en Sonora, como en otros estados del norte de México, que padecen los efectos devastadores de una prolongada sequía que amenaza con dislocar procesos productivos, profundizar la parálisis económica y afectar la producción de granos básicos. Según los informes actualizados del Monitor de Sequía de la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA), 71 municipios de Sonora presentan un nivel de sequía que va de moderada a extrema y 10 de los principales embalses (presas) se encuentran con un déficit superior al setenta por ciento respecto al año anterior.

El comportamiento histórico de los escurrimientos sobre las principales cuencas hidrológicas del estado, se caracteriza por una conducta errática, propia de una región desértica y semidesértica, en donde no dejan de estar ausentes, en forma cíclica, los periodos de sequía. En décadas pasadas esta situación permitía un margen de maniobra administrativa, porque la población existente no excedía con su demanda directa e indirecta la disponibilidad general de agua dulce en el estado.

Hoy, Sonora tiene seis veces más población que la existente hace sesenta años, cuando se construyeron las estructuras y sistemas de aprovechamiento en sus cuencas hidrológicas más importantes. Como lo admiten las autoridades responsables y los estudios técnicos más recientes: Sonora es una entidad deficitaria en cuanto a disponibilidad de agua dulce. Se requiere inteligencia, no propiamente genialidad, para admitir que un problema deficitario no se resuelve con medidas contables y mucho menos con gestiones mágicas que incrementen por decreto los caudales de agua que requiere la entidad para darle sustento a las actividades productivas.

Taparse los ojos no desaparece los problemas. Estamos ante la eventual irrupción de un episodio similar al vivido en el año 2003, cuando la mayor parte del sur de Sonora se quedó sin sembrar y los abastos de agua para el consumo humano de ciudad Obregón se tuvieron que bombear de las charcas que permanecieron en los embalses. Las lesiones económicas y sociales ocasionadas por estos eventos cada vez tardan más tiempo en reponerse.

Admitamos el diagnóstico para ocuparnos adecuadamente del remedio. La entidad requiere de medidas emergentes, que entre otras cosas ocuparían de recursos federales para poner en marcha un programa de empleo temporal, orientado a la rehabilitación de caminos, drenes y canales, que le haga frente al desempleo en el campo como resultado de la cancelación de los segundos cultivos en la región del valle del Mayo y el Yaqui, además de condonaciones fiscales a los productores rurales y entrega anticipada de los apoyos que durante estos años les han sido escamoteados.

Tales medidas emergentes, solo serán útiles si se inscriben en un horizonte de solución duradera contemplada para el mediano y largo plazo. Sonora ha dado los primeros pasos en la desalación de agua de mar, pero apremia una política mucho más sistemática y agresiva en esa dirección. Se requieren dos grandes polos de desalación de agua de mar: el iniciado en Guaymas-Empalme, en el sitio del Cochorit, -que en este mes de abril entra en su etapa de pruebas técnicas- y donde se debe construir el segundo módulo para abastecer de agua desalada a la región turística de San Carlos y a la ciudad de Hermosillo.

El otro polo de desalación, debe ubicarse en Puerto Peñasco, con la capacidad para proporcionarle agua a ese municipio y cubrir parte de los requerimientos de consumo doméstico de los municipios circundantes como Sonoyta, Caborca y San Luis Río Colorado. Esto nos permitiría disminuir la sobre carga de demanda sobre nuestras cuencas hidrológicas, fortalecer con ello el suministro del recurso para la producción de granos básicos, además de liberar los volúmenes de agua necesarios para cumplir con los caudales ecológicos que hagan posible reforestar los partes bajas de las cuencas, incrementar la masa verde y con ello fortalecer los ciclos hidrológicos para alejar las sequías y la desertificación.

 

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