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Por RAÚL RUIZ

Ramón Yépiz Valenzuela, “El Monchi”, amaba vivir la vida.

(Este es un sentimiento distinto a amar la vida).

Y con esa convicción amaba a su esposa Claudia, adoraba a sus hijos, le era placentero montar caballos y casi hablar con ellos, además de sembrar y cosechar frutos en su jardín privado, y las largas tertulias con sus amigos.

“El Monchi” era el más Yépiz de los Yépiz, me dijo uno de sus amigos entrañables, uno de los que ayer, adolorido, lamentó su partida:

Directo, sincero, leal a carta cabal, amigo de verdad, honesto, pero también excedido, entregado, generoso, sobrado, alegre y con una enorme convicción familiar, “El Monchi” iba por la vida viviéndola con intensidad.

En sus actos no había desgano, ni descanso.

Como los caballos pintos, esos emparentados con los frisones que lo volvían loco al punto de la adicción, “El Monchi” nos mostraba una manera distinta de ver la vida que, muchas veces, nos negábamos a aceptar, por un recato excedido y por unas reglas que nos pusimos y que, sin darnos cuenta, se hicieron viejas.

Ahora que se ha ido, luego de una derrota más que nos ha propinado el Coronavirus, en su honor vale la pena que revisemos sus conclusiones prácticas, sinceras y directas de una vida que pasa por enfrente de nosotros y a veces ni nos damos cuenta.

Esa es una gran lección.

“El Monchi”, heredero de una estirpe familiar ejemplar, de lucha, de compromiso con el trabajo y con el sentimiento auténtico de comunidad, de gente buena, se nos ha adelantado de manera inesperada.

Por eso nos duele tanto su retirada.

Pero deberemos reconocer, con todo el dolor que nos pueda eso producir, que fue congruente hasta el final:

Amó vivir la vida hasta el final.

Tan intensa que todavía, en la cama de hospital que lo alojó en su lucha fratricida contra el virus, se dio el gusto de escuchar a José Alfredo Jiménez y tararear el gusto por la vida.

Aquello podría haber parecido una ocurrencia para quienes vemos pasar la vida a veces sin valorar con suficiencia los detalles.

Para “El Monchi” ese era un simple sentido de congruencia.

¡Descansa en paz y hasta pronto amigo!

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